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EL TABLERO: OBJETO-RECUERDO DE EXISTENCIA ACTUAL

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Para este escrito se tendrán en cuentas, las nociones de memoria, recuerdo y belleza a la luz de la descripción de dos objetos y sus respectivas relaciones con mi experiencia personal. De este modo, en primer lugar haré una contextualización de la noción de memoria-recuerdo junto a un soporte teórico aristotélico y kantiano; luego, explicaré mi experiencia y, finalmente, haré una breve reflexión sobre la influencia actual de estos objetos (la habitación y el tablero de ajedrez).

Partiendo de una simple definición de diccionario, me interesa entender, en principio, la memoria y el recuerdo en términos coloquiales o, por lo menos, términos comunes al conocimiento popular. Por un lado, según la primera definición encontrada en la página web de la Real academia de la Lengua Española, la memoria se considera como una  “facultad psíquica por medio de la cual se retiene y recuerda el pasado”. Igualmente, en cuanto al recuerdo, se encontró como primera definición que es la “memoria que se hace o aviso que se da de algo pasado o de que ya se habló”. De manera que me interesa resaltar que dentro del conocimiento “popular” estas dos nociones gozan de una suerte de tautología, en la que la autocontención de ambos conceptos inhiben una diferenciación bien clara. De hecho, esta ambigüedad también la evidencia Aristóteles cuando entiende la memoria como objeto del pasado, pero teniendo en cuenta que el poseer conocimiento de algo es sinónimo de recordar (Aristóteles, trad. 1962, pg. 83)

Para entender estos conceptos, es importante  tener en cuenta la temporalidad. De hecho los autores vistos en clase pueden ayudar a esclarecer este punto. Por un lado, Kant entiende la temporalidad como una característica constitutiva de un objeto propenso a ser, por ejemplo, sublime o noble. Es así como este autor, en términos cualitativos, enuncia que “un largo periodo es sublime, [y] si se trata de tiempo pasado es noble” (Kant, pg. 35). De manera que Kant no sólo muestra un “sentir” respectivo al tiempo, sino que también evidencia la capacidad de entender la temporalidad a modo de objeto propenso de ser caracterizado. Bien se enunció en clase que Kant entendía lo sublime como un aspecto que determina lo melancólico, y que esto inminentemente se definía por una noción temporal del recuerdo. Así, se puede observar una relación emergente con el concepto de memoria aristotélica, ya que esta caracterización de temporalidades y su duración muestra una noción de recuerdo (aristotélico) y su respectiva relación con el conocimiento –el conocimiento de que tal duración goza de cierta característica-.

Además, es importante decir que si  la memoria es una facultad, es propensa a no tenerse o a tenerla en niveles bajos, mientras que el recuerdo es más un resultado de la buena, la mala o la nula facultad de memoria que se tenga. En cuanto a esto me pareció, un tanto complejo encontrar un espacio y, en especial, un objeto que dieran cuenta de mi infancia y de un vínculo emocional fuerte. Es por esto que me vi obligada a hablar con mis papás, revisar algunos álbumes y sentarme a tratar de recordar, a tratar de no dormir.

Teniendo en cuenta lo anterior como una suerte de metodología, llegué a mis resultados y encontré que el espacio y el objeto que me determinaron en mi infancia fueron: la casa de mi abuelo, específicamente su habitación y el tablero ajedrez con el que siempre jugábamos cuando llegaba del jardín o del colegio -en los primeros años de la primaria-, y que aún conservo.

Antes de describir mi experiencia conla habitación, me interesa decir que la descripción se basará en mi recuerdo. Es decir, una consecuencia de lo que viví y que no está completa, y nunca estará completa a razón de la temporalidad y de la no “replicabilidad” del tiempo pasado. En concordancia con Kant, para mí este tiempo pasad es noble, me predispone a una actitud melancólica y me deja entender la temporalidad de aquel tiempo como un objeto que puede ser descrito -cualitativamente-, pero lamentablemente para mí no reproducido. Y, a la luz de las ideas aristotélicas, ese tiempo pasado sólo se queda en mi cabeza y corporalidad, como una suerte de conocimiento adquirido que es imposible de borrar o resetear. Un conocimiento adquirido corporalmente -por la misma naturaleza de haberse dado en el espaci específico de la habitación -incompleto.

Es por todo lo anterior que entiendo la memoria como vehículo del recuerdo que catapulta la adquisición de conocimientos. Sin embargo, esta noción del recuerdo goza de una suerte de disipación por la misma temporalidad del acontecimiento de sucesos. Es así como cualquier suceso es fuente de conocimiento, ya que éste permite aprehender una visión a futuro, pero que, como se dijo antes, no no se puede replicar debido al tiempo como moderador de las sensaciones in situ y las sensaciones a posteriori.

Ahora me enfocaré en la descripción del lugar. Esto a la luz -aristotélica- de mi sensación como una alteración generada por la afectación de mis sentidos, que seguramente para esa época estaban más aguzados y vulnerables que ahora. La habitación de mi abuelo es, como dije antes, el lugar más vinculado a mi emocionalidad, mirando hacia atrás. Era un lugar increible, la ruta del jardín y, posteriormente, la del colegio solía dejarme en la casa de mi abuelo después de la jornada académica. Mi abuelo había sido desde que lo conocí la autoridad intelectual de la familia, era un hombre viudo, médico, psiquiatra y psicoanalista que se la pasaba tomando té lipton y leyendo libros. Su habitación era como su lugar multifacetico de descanso, aprendizaje y esparcimiento.

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La habitación estaba constituida, básicamente, por su poltrona, la cama doble de matrimonio, una biblioteca del techo hasta el piso, una gran ventana, mesa de noche y un televisor que seguramente ya no fabrican (lamentablemente no conseguí una foografía de la totalidad de la habitación, pero en la foto adjunta se puede observar la poltrona, el tablero de ajedrez y el borde izquierdo de la cama).

Era un cuarto muy particular porque, a diferencia de toda la casa, emanaba el olor a viejo, no sé si era el olor de mi abuelo o de los libros combinado con el olor a té lipton. Olía distinto al resto de la casa. Y, a diferencia de Kant, uno de los sentidos más fuertemente estimulados o que tuvieron lugar para mí fue el olfato. Para esa época el cuarto me parecía enorme, la biblioteca era una retícula gigante que subdividía el espacio en pequeñas cavidades en donde se encerraban distintas barritas de colores, los libros. Mi abuelo había dispuesto cuentos y los libros para mí en las primeras cuatro filas de la biblioteca - de abajo hacia arriba, que era hasta donde mi altura me permitía. Todos los elementos del cuarto se combinan en proporción perfecta o por lo menos así mi sensación lo entendía: todo era muy grande, amplio, y cuadriculado. Toda la habitación parecía dividida mediante líneas paralelas y perpendiculares que mostraban las pequeñas cavidades cuadradas: era un cuarto muy ordenado. El ordenamiento espacial de la habitación permitían sentirse muy seguro y, a pesar de lo “cuadriculado” del cuarto, el olor característico suavizaba el espacio y lo convertía en un lugar acogedor. Cuadriculado y acogedor, y en esa medida bello. Bello a razón de su proporción entre orden y acogedor. Aquí, bajo la noción aristotélica de belleza, se entiende que una sensación agradable o bella debe gozar de proporcionalidad matemática o, de lo contrario, será desagradable y no bella. Sin embargo, mi noción de proporcionalidad no era del todo matemática o, por lo menos no conscientemente, simplemente sentía bienestar en el lugar y creo que se debía a sta yuxtaposición de lo que parecen ser dos opuestos como el extremado orden y lo acogedor.

En este lugar, llegaba a hacer mis tareas, que para esa época era colorear sin salirse del borde y los números. Cuando terminaba las tareas mi abuelo y yo jugábamos ajedrez, o por lo menos un intento de un juego de ajedrez. Intentaba enseñarme. Mi abuelo me enseñó muchas cosas y, entre las que más recuerdo, está cómo jugar este juego. Aún conservo el tablero de ajedrez, con el tiempo se han ido perdiendo algunas piezas, pero el tablero lo conservo. Es un objeto que está muy deteriorado, ya casi ni parece un tablero de ajedrez. Sin embargo, a sobrevivido a los trasteos y cambios de clima. Es un objeto propenso a ser percibido y a tener muchas cualidades, pero la importancia del objeto radica en lo percibido en el pasado, y a la idea actual de lo que fue. Es un objeto-recuerdo que se muestra como una consecuencia de mi memoria, y evidencia un interés por parte mía de preservar y eternizar la experiencia a la que fue expuesta el objeto en mi pasado. En mi memoria todo parece grato, a pesar de la múltiples peleas que puede llegar a tener un anciano y una niñita. Del mismo modo, se puede entender la arquitectura en términos relacionados con temporalidad, ya que “una memoria incorporada tiene un papel esencial como la base para el recuerdo de un espacio o un lugar.” (Pallasmaa, pg. 72), por lo que se entiende cómo la memoria y el recuerdo dan cuenta de la “objetualización” del tiempo; y esto en arquitectura se puede ver, por ejemplo, en la noción de memoria individual que determina la habitación, ya que el cuarto al ser percibido con cierta periodicidad -iba casi todos los días de lunes a viernes- genera percepción temporal.

El tablero de ajedrez, en su época, era una reteñida retícula en blanco y negro, con bordes bien definidos y no muchos rayones. Desde que recuerdo el tablero tenía una marca de café o té, como un círculo dibujado por la base de una tasa. El objeto y el espacio , definitivamente están muy relacionados, ya que mi abuelo por su sus edad (para esa época) apenas salía de la habitación, incluso frecuentemente las visitas de sus hijos o sobrinos eran en la habitación. Por esto el lugar al que yo llegaba a compartir con él era sólo esa habitación donde se hacían muchas actividades y, en especial, jugar.

Entre lo juegos que más jugábamos estaba el ajedrez normal, y lo que mi abuelo denominaba damasn-un juego solo con los peones dispuestos de modo específico-. La belleza del lugar radicaba en el estar ahí,el olor, jugar, estar con mi abuelo, no en el lugar en sí. Por eso se puede ver la relación aristotélica entre espectador y objeto, en donde la belleza no radica en ninguno de los dos polos, sino en un punto medio entre el cuarto y yo como sujeto a percibir. En esta instancia es importante resaltar que ningún efecto “objetual” como color o sonido surge per se; y es por esto que se entiende que nada surge de emanaciones de un objeto (Aristóteles, trad. 1962, pg. 46). De hecho, se puede entender que se intenta generar un diálogo entre el constructo arquitectónico de la habitación y yo, en donde los sentidos del olfato y de la vista son primordiales para generar un juicio por mi como espectador, ya sea un juicio de índole positiva o negativa; es decir, agrado o desagrado. De este modo, se vislumbra un diálogo entre el objeto y el ente perceptor para el que se descarta la noción de belleza entendida como una emanación de los cuerpos arquitectónicos, y se establece como una interrelación interdependiente entre el espectador y el objeto.

Finalmente, para entender la influencia actual del espacio y el objeto, tengo en cuenta a Aristóteles, ya que relaciona la sensación con el conocimiento, y la belleza con la la proporción. Así, entiendo que las sensaciones que aprehendí en ese lugar y en ese tiempo pasado (mi infancia), en la actualidad, se han convertido en conocimiento, conocimiento presente. Conocimiento que siempre está ahí y que, yo, al estar consciente de una suerte de recuerdo respectivo a tales sensaciones me encuentro más vulnerable, entiendo algunos efectos sensibles en mí corporalidad actual. Para mí, recordar no sólo consiste en un proceso cognositivo, recordar implica una corporalidad. De hecho, siento el olor de ese cuarto, lo tengo muy claro. Además, esa belleza dada en el espacio, al estar inmersa en él, daba cuenta de la proporción. Una proporción que, contradictoriamente, no contaba con elementos cuantitativos, pero que mi cuerpo, sentidos y cerebro configuraba como “en la medida perfecta”, y así proporcional. Por tal razón, en mi actualidad ese tipo de sensación “en la medida perfecta” se convirtió en un punto de comparación tácito, ya que al estar en cualquier lugar mi ser (mente-cuerpo) parece estar en busca de ese equilibrio entre el orden y lo acogedor que, por cierto antes de este trabajo no había caído en cuenta de esto.

Respecto del tablero de ajedrez, En la actualidad el ajedrez no es muy determinante, pero sí se vuelve en un gran tema de conflictos en mi casa cuando hay que moverlo o en un trasteo de casa o simplemente cuando mi mamá se acuerda que existe, ya que mi mamá no lo valora mucho, en cambio mi papá y yo sí. Mi mamá es una persona excesivamente psicorígida y tiene un pensamiento muy dominante de “lo que no sirve, que no estorbe”, cosa que obviamente va muy en contra de lo que mi papá y yo pensamos. Mi mamá siempre ha querido botar esa tabla vieja a la basura (aquí es importante resaltar que mi abuelo ya murio, y era el papá de mi papá). Y, con toda razón, de tablero de ajedrez ya no tiene nada (no pude tomar foto al tablero precisamente por esta razón, ya que implicaba pedirle las llaves de la bodega a mi mamá y lo iba a querer votar otra vez).




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